jueves, 16 de junio de 2011
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Atreverte a decir no fue tu miedo,
tu hermano miraba a través de las rejas.
Tu hermano y su pie agujereado,
esas tres balas que habían atravezado
para siempre los tendones y la carne,
tu hermano ahora cojo que camina
y respira, vos colgando.
Tu madre, esa, la abnegada
que conocíamos y ahora fuma
y escucha música mientras
se acuesta con un pibe
que tendría tu edad.
Atreverte a decir que no irías,
ese miedo cuando algún gato sigilosamente
saltaba un tapial
y a vos se te congelaba la sangre
todavía cálida.
Ya está, no hay más sangre
y de tus ojos nublados
no hay respuestas.
Y estaba Carolina con su cabellera rojiza,
ella que no sabía lo que era ser madre
y que arrebató tu vida de mis manos.
Tu hija, quiero decir los ojos de tu hija
buscaban respuestas en los míos
y yo o mis ojos no podían dárselas
porque aunque sepa lo que es estar acorralada,
asfixiada y con un soga al cuello
nunca di el salto.
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